LA DECISIÓN DEL CARPINTERO: UNA FÁBULA SOBRE DESEO, FAMILIA Y CONSECUENCIAS.

Umbral V.
Colección DM Writers.

Esta es una fábula contemporánea sobre decisiones silenciosas y consecuencias inevitables.

Esta historia no trata sobre el amor. Trata sobre lo que se pierde cuando se deja de respetar lo que ya se tiene. Decisiones, deseo… y consecuencias.

10–15 minutos

I. BAJO LA CORTEZA.

En lo profundo del bosque se cuenta que, dentro de uno de los árboles más hermosos de la región, se encontraba el hogar de una familia de pájaros carpinteros. Las aves habían llegado allí hacía treinta y cinco años, cuando el padre carpintero obtuvo un trabajo en un taller local por su magnífica labor creando las más majestuosas piezas de arte en madera. No había nadie como él en todo el bosque.

Años después, su talento y dedicación le permitieron independizarse de aquel primer empleo, el mismo que le había dado la oportunidad de obtener su primer árbol. Así, fundó su primer taller. Durante los años siguientes, gracias al fruto de su trabajo, logró tallar, al interior del árbol, un hogar para él, su esposa y sus tres hijos.

Por otro lado, la carpintera, su esposa, tampoco se quedaba atrás. Día tras día, salía, sin falta, a trabajar en uno de los talleres de arte en madera más prestigiosos del bosque. Con el tiempo, y gracias a su constancia y esfuerzo, logró especializarse en la venta de una clase muy rara y fina de madera, lo que le permitió contribuir de manera significativa a los objetivos económicos del hogar.

Se trataba de una familia profundamente trabajadora, como tantas otras que luchan día a día en la espesa «selva de cemento».

II. EL ECO DE LOS DÍAS DORADOS.

Habían pasado ya algunos años desde la época dorada del carpintero. Aunque seguía siendo el mejor en su arte, su confianza había empezado a caer, porque, en lugar de seguir aprendiendo, ahorrar e invertir los recursos obtenidos durante sus años de mayor éxito —pensando en una vejez más tranquila—, los había gastado en constantes invitaciones para una gran bandada de aves que, en aquel entonces, lo seguían a donde fuera a cambio de un puñado de granos de maíz.

Nada dura para siempre, por lo que, aquellas aves, que permanecieron en los días de mayor abundancia, fueron desapareciendo poco a poco junto con gran parte de su fortuna. Y así, con el paso de los años, tanto su mentalidad como sus cuentas comenzaron a pasarle factura.

Preso del desconocimiento y la incertidumbre, el viejo carpintero decidió dejar atrás su independencia y regresar a la seguridad que alguna vez había abandonado. Fue entonces cuando acudió a su viejo amigo, el castor, pues sabía que este aún conservaba el contacto de algunos talleres especializados. Gracias a ello, logró encontrar un lugar donde, a cambio de su talento, podría recibir un buen sueldo, aunque ya no la libertad que alguna vez había definido su vida.

El tiempo pareció comenzar a ordenar las cosas. Más organizado y enfocado, el carpintero día a día fue recuperando su confianza. Se le veía en efecto más animado, incluso más ligero. Durante su etapa como independiente solía pasar mucho tiempo solo, en cambio, en su nuevo trabajo, compartía a diario con no una, ni dos, sino con —al menos— cincuenta aves diferentes.

Aquello sin duda lo hacía muy feliz. Fascinado profundamente por los colores y los diseños de distintos plumajes, encontraba en cada encuentro una chispa de creatividad e innovación que podía aplicar en sus obras. Además, siempre había sido un ave muy sociable: en su juventud, carismático; en su adultez, dueño de un agudo sentido del humor, cualidades que no tardaron en hacerlo destacar y resultar atractivo para todo tipo de aves dentro del taller.

No pasó mucho tiempo antes de que, gracias a su impecable labor, recibiera un ascenso inesperado, convirtiéndose en el jefe de su área. Este nuevo rol no solo consiguió fortalecer aún más su confianza, sino que también le abrió las puertas a círculos sociales cada vez más amplios.

III. COLORES QUE NO ENCAJAN.

Una mañana, de manera súbita, llegó al taller una colibrí con un plumaje completamente gris. ¿Gris? Esto despertó de inmediato una profunda curiosidad en el carpintero. Le resultaba desconcertante que un ave tan particular pudiese carecer de los colores que tanto abundaban en el resto.

Desde entonces, no pudo evitar observarla con atención. La veía trabajar con una precisión admirable: sujetaba delicadamente los finos diamantes y, con movimientos ágiles y exactos les daba un acabado de lujo a algunas piezas especiales. Aquella dedicación le recordaba su propio esfuerzo en el arte de tallar la madera.

Con el pasar de los días, comenzó a percibirla como un reflejo de sí mismo. Y ese espejo, inesperado y silencioso, despertó algo extraño en su corazón. Ya no era sólo la admiración por su talento, sino una conexión profunda, difícil de explicar.

—Es como si, de alguna manera, estuviera predestinada en mi vida— se repetía en voz baja, mientras, una vez terminada la jornada, volaba de regreso a su viejo árbol.

Esa nueva compañera encendió en su pecho una emoción prohibida: una mezcla de admiración y fascinación que, sin que él lo notara al principio, comenzó a transformarse en algo más. En medio de reuniones y jornadas compartidas, sin pensarlo, nació un deseo silencioso que amenazaba, poco a poco, el hogar que había construido con tanto amor, paciencia y esfuerzo.

IV. LO QUE EMPIEZA A INCLINARSE.

Y entonces ocurrió lo evitable.

Con el paso de las semanas, el comportamiento del carpintero comenzó a cambiar. Sus ausencias en el hogar se hicieron cada vez más frecuentes y extrañas; empezó a llegar mucho más tarde de lo habitual. En ocasiones, se echaba al vuelo después de haber tomado jugo de caña fermentado, por lo que al regresar al hogar, el silencio se adueñaba de él, limitándose a entrar, darse un baño y dormir.

Su mirada, antes amable y tranquila, ahora era distante e inquieta. No le importaba para nada si discutía con la carpintera, —nadie me va a decir qué hacer con mi vida— decía. Su sonrisa se tornó cínica, pues no escatimaba en exponer públicamente lo bien que se la estaba pasando lejos de casa. Para su familia, aquello ya no era una sospecha: era una certeza silenciosa de que algo se estaba rompiendo.

Pasaron, sin embargo, apenas un par de días antes de que la carpintera y sus hijos emprendieran vuelo hacia otra región del bosque con el fin de pasar unas cálidas vacaciones. Mientras tanto, el carpintero decidió quedarse en el árbol debido a sus responsabilidades en el taller.

Fue para ese momento cuando, en medio de su soledad, comenzó a enfrentarse a sí mismo. Por una parte, estaba la carpintera, sus hijos, y todo lo que habían construido juntos con tanto esfuerzo, amor y paciencia; por otro lado, una aventura que prometía tantas emociones que, de no tomarla, sería sin duda, la pérdida de una oportunidad irrepetible, casi necesaria para sentirse vivo.

En el fondo, quizás marcado por su dura infancia, la existencia para el carpintero se trataba de ver la vida como una sucesión de momentos: —los tomas o los dejas—. Sin embargo, ignoraba —o prefería ignorar— que, como lo dictan las leyes más básicas de la naturaleza, toda causa conlleva una consecuencia.

V. CUANDO EL BOSQUE CALLA.

Fue entonces cuando, en ese estado de confusión y deseo, tomó su decisión.

Haría todo lo necesario para conquistar el corazón de la colibrí.

Para ello, recordó que, durante los años más prósperos, había obtenido la semilla de un gran roble, que, con ayuda de la carpintera, había sembrado a las afueras del bosque donde vivían. La semilla, con el paso del tiempo, había crecido hasta convertirse en un segundo hogar, un árbol, frondoso y muy fértil. Decorado a su gusto y tallado a su estilo, lo visitaban de vez en cuando para escapar de la cotidianidad.

Sin embargo, en ese momento, ni el nido en su interior ni la historia que habitaba en él parecían tener valor para el carpintero. Lo único que veía en aquel roble era su madera: firme, noble y perfecta. Con ella podría tallar una escultura tan monumental como la pasión que ahora ardía en su interior.

Convencido de que aquella obra captaría profundamente la atención de la colibrí, creía que ante semejante muestra de amor, ella caería rendida. La escultura sería entonces la primera pieza de un nuevo amor: una fuente renovada de energía, sentido y vitalidad.

Decidido, voló hasta aquel lugar y durante todo el invierno se entregó por completo a su propósito. Primero eligió cuidadosamente las mejores zonas del árbol, desde la base hasta la copa, pues quería utilizar los tablones de madera más finos; después, cortó el roble con precisión desde la base. El estruendo rompió el silencio profundo del bosque, como si la propia naturaleza intentara advertirle.

Pero él no se detuvo.

Eliminó el exceso de madera, afinó cada detalle con delicadeza, ensambló pieza por pieza y dedicó largas jornadas a los acabados finales. Así dio forma a lo que, en su mente, sería su obra definitiva:

La más increíble y única escultura de madera de roble, de cinco metros de altura, dedicada a la colibrí más gris de toda la selva de cemento.

Una obra monumental, de la cual, sin saberlo aún, también tendría mucho que aprender.

Una vez terminó todo el trabajo artesanal, el carpintero puso en marcha su plan.

Contrató a un elefante para transportar la escultura, ofreciéndole a cambio las nueces que la vieja ardilla tenía escondidas al interior de un árbol. Después, contrató a un viejo loro, para que le ayudase a limpiar la escena, la idea era que la caída del roble apuntara a ser obra de un castor loco y sus amigos, quienes, con el fin de remodelar su presa, habían acabado con el árbol en una sola noche.

La carpintera no había visitado aquel lugar desde el otoño anterior. No habría sospechas… o eso creyó.

Cuando la escultura llegó al hogar de la colibrí, el carpintero le dio la orden al elefante para que bajara la escultura con cuidado, colocándola justo enfrente del árbol; después la escondió detrás de unas grandes hojas de palma que le había comprado con anterioridad al señor Cóndor. Antes de retirarse, se aseguró de advertirle a sus ayudantes que no le dijese ni una sola palabra a la carpintera.

Olvidó, sin embargo, para el suspenso de esta historia, que los loros no olvidan.

Se dice que entre el cielo y la tierra no hay nada oculto. Y esa ley también rige la selva de cemento.

VI. AQUELLO QUE YA NO ESTÁ.

Por cuestiones inesperadas, la carpintera, cansada ya de las vacaciones, regresó antes de tiempo. Una vez llegó al árbol y desempacó sus cosas, descansó un par de horas, y emprendió nuevamente vuelo, ahora de camino al viejo roble, buscando un momento de calma para pensar en su familia.

¡Ay! Se comenta que grande fue su sorpresa cuando al llegar, lo único que vio fueron ramas, hojas esparcidas y un espacio profundo donde antes se encontraba el viejo árbol. Al aterrizar, observó las huellas de lo que había sido un minucioso trabajo artesanal; una obra inconfundible, propia de una sola clase de ave: un carpintero.

De aquel hogar no quedaba nada, salvo los restos dispersos que el loro debía reorganizar y que, irónicamente, había olvidado.

La carpintera, completamente desconcertada, no lograba comprender lo sucedido. Sin perder tiempo, cruzó el río y se dirigió de inmediato a la casa del loro, pues era el único animal cercano a su familia en la zona. Necesitaba saber qué había pasado.

—Buenas tardes— saludó la carpintera.

—¡Carpintero! ¡Elefante! ¡Escultura! ¡No le digan nada a la carpintera!— respondió el loro con brevedad.

Y así, sin más, la verdad le fue revelada.

Parece que el ser superior le había concedido la respuesta que tanto había estado buscando. Después de tantos años, ya ni siquiera hacían falta palabras: los hechos ya lo habían dicho todo.

Sin más que decir, se despidió cortésmente con serenidad y regresó, firme y decidida, a su hogar en la zona urbana del bosque.

VII. ENTRE LO QUE QUEDA.

Al día siguiente, muy temprano en el taller donde trabaja el carpintero, apareció un nuevo integrante.

Un joven colibrí de plumaje verde esmeralda: enérgico, alegre, muy elegante y próspero. Su presencia irradiaba una seguridad dominante, y pronto se convirtió no solo en el centro de atención del lugar, sino que también, en el nuevo foco de interés de la colibrí gris que habitaba en lo más profundo del corazón del carpintero.

No pasaron ni tres días.

Tras una reunión de planeación, la colibrí se posó junto al recién llegado. El brillo de su mirada denotaba admiración, respeto y un gusto genuino.

Desde su cubículo, el carpintero observaba la escena.

Sintió cómo aquello que había construido —el nuevo hogar, levantado sobre las cenizas del antiguo; sus sueños, forjados sobre el dolor de la carpintera y sus hijos; y la confianza interna que lo llevó a abandonarlo todo por una ilusión— se desintegraba en su mente en un solo segundo.

El espejo que tanto había admirado comenzaba a alejarse… quebrado como su nueva realidad.

Fue aquella tarde, antes de que el sol se ocultara —cantan las aves que presenciaron el momento—, cuando el tiempo pareció detenerse para el carpintero.

Observó el gesto: una despedida fría y breve, seguida de un leve giro de la colibrí y un vuelo lento, pero decidido, hacia las alas del joven.

No necesitó más.

En ese instante comprendió que no estaba perdiendo algo, sino confirmando que nunca lo había tenido.

Así terminaba, sin palabras, otro romance secreto de oficina.

El camino a casa se hizo eterno.

Al llegar, encontró el árbol en silencio. Las luces estaban apagadas, la música ya no alcanzaba la esquina, y el aire había olvidado el aroma de la sopa de insectos y frutos secos. Cuando entró, la oscuridad le hizo olvidar su realidad. Cansado por el vuelo, se dirigió a servirse un vaso de jugo; allí encontró la cocina impecable. La fruta, fresca todavía, reposaba intacta sobre un cuenco. Fue entonces cuando comprendió que nadie había estado allí para transformar lo simple en algo compartido.

Buscó por toda la casa. Durante cuarenta años. Fue cuando lo entendió: la carpintera se había ido para siempre.

No todo lo que deseamos merece el precio de lo que amamos.

FICHA TÉCNICA

Título: La decisión del carpintero: Una fábula sobre deseo, familia y consecuencias.
Autor: DM’C
Tipo de obra: Obra escrita · Fábula contemporánea
Edición: DM Writers
Año: 2026
Origen: Cali, Colombia

Deja un comentario